19.2.06

Un recuerdo traído desde la angustia de lo que viene

Definitivamente me aterra el saber que el día de mi cumpleaños se acerca.

Siempre ha sido así y no sé bien a qué diablos se debe. Vienen imágenes de fiestas infantiles, odiaba el momento de partir el pastel: las mañanitas, yo en el centro, pide un deseo, niños gritando, caos total, fotos y una sonrisa a medias más por incomodidad que por pena. Click. La foto como documento que prueba lo que digo, mis sonrisas de cumpleaños eran así, hasta parece que las tenía preparadas especialmente para la ocasión; y es que no sabía cómo debería sentirme, bueno, ahora sé cómo me sentía en esos momentos, pero creo que no sabía o no tenía la capacidad para decidirme a salir corriendo y dejar la fiesta, me pregunto cuál fiesta si estaba llena de niños que yo no invité, y que solamente iban a destruir todo lo que encontraban a su paso. Ahora me pregunto...es una buena pregunta...por qué iban todos esos niños a mis fiestas si ni siquiera eran mis amigos...yo lo único que quería era que se fueran todos al mismo tiempo y dejaran de correr por todos lados destruyendo todo lo que encontraban a su paso. ¿Dije ya que destruían todo lo que encontraban a su paso? Es la verdad, el recuento de los daños siempre dejaba más pérdidas que otra cosa. Y los regalos, bueno, casi siempre consistían en juegos de mesa que ese mismo día quedaban incompletos, piezas que se iban en los bolsillos de los no invitados por mí o en la basura.

Sin embargo, hay un regalo que recuerdo con especial cariño, fue una muñeca que me regaló mi tía Elena, en sí la muñeca no tenía nada de especial, eran más bien fea, de un plástico duro que hacía difícil o imposible dormir con ella o abrazarla, sin embargo, a mí me encantaba, no recuerdo cuál era su nombre, supongo que tuvo alguno, sólo sé que entre todas mis muñecas, ésa era mi favorita. Creo que mi tía Elena nunca lo supo y me gustaría que lo hubiera sabido porque ella no tenía la costumbre de tener detalles conmigo, así que, gracias tía.

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